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LOS DONES DEL ESPÍRITU SANTO |
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(Basado en escritos de la Sierva de Dios Concepción Cabrera de Armida) |
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"Pero yo os digo la verdad:
Os conviene que yo me vaya; porque si no me voy, |
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Su gusto es presentar al Padre la imagen de Cristo grabada en las almas
con más o menos perfección según su correspondencia. Solo el Espíritu Santo transforma, regenera y hermosea y llena de
gracias a las almas, no solo fotografiando en ellas a Jesús, sino
transformándolas en El. ESENCIA DE LOS DONES DEL ESPIRITU SANTO "Todos los que son guiados por el Espíritu de Dios, son hijos
de Dios" Rm. 8,14. Los dones son regalos del Espíritu Santo cuyo ser es darse y
comunicarse en el orden de la fecundación eterna. Constituyen una palanca
que elevan al hombre de la tierra facilitándole el cielo. Cada don encierra todas las virtudes, son como su sello. Para recibir y conservar los dones del Espíritu Santo son indispensables
la fidelidad, la humildad y la pobreza espiritual. Cada don es un dote que
el Espíritu Santo obsequia al alma que va a ser suya. El alma que recibe los dones del Espíritu Santo, no los puede comunicar,
ya que el don es de quien lo recibe: El Espíritu Santo.
Lo que sí puede comunicar son las virtudes y los frutos que de
ellos proceden. ¡Felices las almas que por sus virtudes se hacen dignas de que el Espíritu Santo descienda a ellas con sus tesoros eternos; pueden decir que han comenzado el cielo en la tierra! |
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"Predicamos a un Cristo crucificado: escándalo para los judíos,
necedad para los gentiles, mas para los llamados, lo mismo judíos, que
griegos un Cristo fuerza de Dios y Sabiduría de Dios..." (1Cor. 1,
23-24) La sabiduría es una luz sobrenatural, con la cual el alma conoce
los secretos divinos en orden a la gracia y al espíritu. Nos hace comprender la maravilla insondable de Dios y nos impulsa a
buscarle sobre todas las cosas y en medio de nuestro trabajo y de nuestras
obligaciones. El don de la sabiduría arranca a las almas de las cosas terrenas y
las traslada al campo fecundísimo de lo espiritual y divino. Por medio de este el alma puede descubrir y diferenciar lo bueno de
lo malo, lo de Dios de lo que no es de El. Además se conoce a Dios y las cosas Divinas por una íntima y
dulce experiencia da amor, nos da un sabor, un gusto de las cosas divinas
y por este gusto llegamos a despreciar las satisfacciones humanas. Este don nos hace conocer los tesoros del dolor y nos hace sentir un vivísimo
deseo de él. En los altos grados de Sabiduría las almas viven ya una vida
celestial en donde gustan las delicias del Amado.
Como decía San Bernardo: "Cuando escribes tu relato no tiene para mi ningún sabor, si
no está allí el nombre de Jesús. Una
conferencia o una conversación no me agrada, si no escuchan mis oídos el
nombre de Jesús. Jesús es
miel a los labios, melodía a los oídos, júbilo al corazón." Todo
lo veía en relación con Dios, todo lo veía con relación al cielo. Esas almas comienzan a contemplar
desde esta vida algo de Dios, miran todas las cosas con los ojos del Amado,
y contemplan el universo desde la excelsa atalaya de la Divinidad. ¡Dichosa el alma que posee este don riquísimo de la sabiduría santa!
ella lleva dentro de sí misma la intuición de abrazarse de todo bien, de
toda cruz y huir de todo mal, es decir, de todo lo que pudiera alejarla de
Dios, su centro y su única felicidad..." |
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"Gustad y ved qué bueno es el Señor, dichoso
el hombre que se cobija en El.." (salmo 33,9) El don de entendimiento es un impulso constante e instintivo que
comunica el Espíritu Santo para todo lo recto, ordenado y santo. Es una
virtud que arrastra al hombre con una secreta virtud hacia Dios. Nos descubre con mayor claridad las riquezas de la fe, y nos hace
comprender lo relativo a nuestras acciones, a las obras de amor y de
caridad que tenemos que practicar para alcanzar la vida eterna. En el entendimiento imprime el Espíritu Santo las verdades eternas
y ante él, descubre la Divinidad sus insondables misterios.
Comunica a la voluntad sus impresiones, la mueve y la hace que ame
a lo único que es digno de todo amor:
A su Dios y Señor. Hace al alma internarse en el conocimiento de Dios y en el
conocimiento propio, dándole la humildad. Lleva consigo gran parte de la contemplación y de la oración y en él
se produce la meditación que tanto bien trae al alma. Es don de santos, porque con este don el alma que lo posee no puede
perderse. En este don se
encuentra el hambre insaciable de lo divino. ¡Feliz y mil veces feliz el alma que tan inconcebible gracia consigo! Jamás será capaz de comprenderla de apreciarla en todo su valor y de agradecerla. |
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“De la grandeza y hermosura de las criaturas, se llega por analogía
a contemplar a su Autor...” Sabiduría 13,5. Nos lleva a juzgar con rectitud las cosas creadas y a mantener nuestro
corazón en Dios y en lo creado en la medida en que nos lleve a Él. El don de la ciencia enseña la verdad y en ella la humildad.
El alma que tiene en su plenitud el don de ciencia, no puede ser
soberbia. Por más que este
capital enemigo la rodee, siempre se estrella con la humildad iluminada
con la verdad. El distinguir los movimientos de la naturaleza y de la gracia en el alma
propia y en la de otros, es la ciencia que procede de Dios, traducida en
don para la creatura. El don de ciencia no lo da le Espíritu Santo en los libros, sino en el
conocimiento claro de lo sobrenatural y divino, por medio del trato íntimo,
humilde y frecuente con Dios por medio de la oración y de la contemplación. |
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“Yo dije: ¿Qué he de hacer Señor? y el Señor me respondió: Levántate
y vete a Damasco; allí se te dirá lo que está establecido que hagas...”
(Hechos 22,10) Nos señala los caminos de la santidad, el querer de Dios en nuestra vida
diaria, nos anima a seguir la solución que más concuerda con la gloria
de Dios y el bien de los demás. Por este Don el Espíritu Santo nos comunica lo que debemos hacer en cada
momento de nuestra vida, como si nos asomáramos a la Mente divina y allí,
en aquel espejo espléndido y celestial, viéramos la clave de nuestras
acciones, la norma conforme a la cual debemos disponer nuestros actos.
Nos revela la voluntad de Dios de una manera intuitiva. Toda persona que tenga a su cargo almas, sea en la Iglesia, en la religión
o en el mundo, debe hacerse digna en cuanto le sea posible de este don altísimo
del consejo, pues sin él, mal puede ejercitar su cargo debida y
santamente. El don del consejo tiene su asiento en el alma que ora, que ama y se
sacrifica. Solamente a los oídos
dispuestos, hace escuchar el Espíritu Santo sus consejos e inspiraciones. Se necesita la pureza y la paz del alma, el silencio y el recogimiento
del corazón y la estancia oculta del sacrificio amoroso, dentro de la
cual El habla y se comunica. |
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“La prueba de que sois hijos, es que Dios ha enviado a nuestros
corazones el Espíritu de su Hijo que clama ¡Abba, Padre! (Gal 4,6) El don de piedad es un tendimiento santo
y purísimo hacia todo lo que lleve a Dios rectamente.
Lleva consigo el amor de Dios y el amor del prójimo en grado
eminente y por ambos amores el alma se sacrifica. Nos mueve a tratar a
Dios con la confianza con la que un hijo trata a su Padre, es decir
desarrolla en nosotros ese afecto filial a Dios. Nos lleva a honrar a Dios no por lo que nos da, no por lo que
hemos recibido ni esperamos recibir; sino por El, porque es nuestro Padre,
porque nosotros nos extasiamos ante su grandeza y ante su gloria.
Nos inspira sentimientos de confianza y nos mueve a entregarnos a
Él. Este Don unifica de una manera admirable, en un principio altísimo,
todas las relaciones que tenemos con los demás y las guía, y las hace más
profundas y perfectas. La verdadera piedad esté en
el corazón y no en los actos exteriores , estos sólo deben ser las
manifestaciones de aquella. El
alma piadosa huye de todo lo que pueda encumbrarla y causarle alabanza. Busca el ocultamiento de
las almas puras y sacrificadas para morar ahí y hacer su nido.
Ahí dentro de la profundísima humildad de un corazón puro y
sacrificado, brilla y se desarrolla sin obstáculos, sacrificándolo. Este don destierra del alma todos los vicios: la envidia, la murmuración
y la venganza. Para con el prójimo este don brinda perdón y todas las
obras de misericordia. Es el don que logra unir las dos voluntades: la del hombre con la de Dios. |
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”El Reino de los cielos sufre violencia y los violentos lo conquistan...”
Mateo 11,12 Nos alienta continuamente y nos ayuda a superar las dificultades
que sin duda encontramos en nuestro caminar hacia Dios. El don de fortaleza lo da el Espíritu Santo solamente a las almas que
saben luchar contra el mayor enemigo de sí mismas que es el propio yo.
Si no hubiera otro enemigo en la vida humana, el hombre se bastaría
a sí mismo, pues su principal enemigo es su propia persona. Parece que el Espíritu Santo debiera regalar este don a las almas débiles,
y al contrario, lo otorga solamente a las esforzadas, porque si lo diera a
las almas débiles les haría un daño, y el Espíritu Santo es la fuente
perenne de todo bien. La
fortaleza sostiene y ayuda a la lucha, al sacrificio, a la entereza, al
perdón y a todas las virtudes guerreras. Sostiene el alma fatigada,
cansada y casi rendida de la pelea. En la oración de Jesús en el huerto, esta Fortaleza Divina acudió
a su socorro. Este don en María brilló de una manera admirable al pie de
la cruz. Este don es tan grande y encumbrado, que alcanza para el alma la
perseverancia final y con ella el cielo.
El alma que lo posee es inquebrantable porque una fuerza
sobrenatural la sostiene. A este don lo acompañan las virtudes teologales: fe, esperanza y caridad. Por este Don se consuma toda obra, se supera toda dificultad, se elude
todo peligro y se quita esa vacilación, ese temor, esa timidez que son
tan propios de la naturaleza humana. ¡Feliz del alma que lo lleve siempre consigo correspondiendo con su
fidelidad a tan singular gracia! ella alabará a Dios por toda una
eternidad... |
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“Corona de sabiduría es el temor del Señor, ciencia y conocimiento inteligente hizo llover y la gloria de los que lo poseen exaltó...” Eclesiástico 1,18
Este santo Temor de Dios no consiste en el miedo que las almas tienen a
la justicia divina, sino que rodeada por un profundo amor a su creador, el
alma teme cometer u ofender a Dios a quien tanto ama. Las virtudes de la limpieza y delicadeza de conciencia, son compañeras
de este santo temor de Dios. Por
lo tanto el alma que lo posee teme al pecado. Dios teme al pecado porque ama al pecador, por eso el alma debe temerlo y
huir de él, porque ama a Dios, no tanto porque lo crucifica haciéndole
merecer castigo, sino tan solo por ver ofendido a su Creador, a Su Padre y
amorosísimo Redentor. Esta debiera ser la pena del pecador, pena sobrenatural, sublime y digna
de gracias infinitas, almas que miren con horror al pecado. Para el que ama, para aquel en quien un amor profundo se ha enseñorado
de todo su ser, hay un temor
que está por encima de todos los temores, la separación del amado, y
este temor dirigido por el Espíritu Santo es precisamente lo que viene a
constituir el Don de Temor.
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